La patria no se entrega
- Zohar Hernández

- hace 21 horas
- 3 Min. de lectura

La historia de México enseña una verdad incómoda para el conservadurismo: cuando no logra convencer al pueblo, busca respaldo afuera.
Así ocurrió en el siglo XIX, cuando una élite conservadora decidió que la voluntad popular podía sustituirse por la voluntad extranjera. Fueron a Europa, tocaron las puertas de Napoleón III y ofrecieron la corona de México a Maximiliano de Habsburgo. No confiaron en el pueblo mexicano; confiaron en la tutela extranjera. No apostaron por la República; apostaron por la subordinación.
Más de siglo y medio después, esa pulsión entreguista vuelve a asomarse.
Hoy ya no se presenta con uniforme imperial ni con coronas importadas. Se viste de comentario televisivo, de carta diplomática, de entrevista internacional o de alianza política con la derecha global. Cambia la forma; no cambia el fondo: cuando no tienen respaldo popular, algunos buscan legitimidad afuera.
Ahí está Alejandro Moreno, dirigente nacional del PRI, acudiendo a instancias del gobierno de Estados Unidos para pedir acciones políticas contra Morena. No recurrió primero a las instituciones mexicanas ni colocó el debate en el terreno de la justicia nacional. Eligió internacionalizar la disputa interna, como si la solución para México tuviera que venir desde Washington y no desde la legalidad mexicana.
Ahí está Lilly Téllez, pidiendo desde medios estadounidenses una mayor intervención de Estados Unidos en la estrategia de seguridad mexicana, planteando incluso una coordinación militar ampliada como salida al problema de la violencia. Puede envolverlo en el lenguaje de la cooperación, pero el planteamiento de fondo abre una puerta delicadísima: normalizar que otro país intervenga cada vez más en decisiones que corresponden exclusivamente al Estado mexicano.
Ahí está también la articulación entre sectores de la oposición mexicana y referentes de la derecha internacional. La visita de Isabel Díaz Ayuso —figura emblemática del conservadurismo español—, arropada por Alessandra Rojo de la Vega y acompañada por espacios impulsados por Ricardo Salinas Pliego, no es un hecho aislado ni una simple gira protocolaria. Refleja la búsqueda de una derecha mexicana que, incapaz de construir una narrativa propia con respaldo popular suficiente, pretende validarse a través de alianzas externas, símbolos coloniales y agendas ideológicas importadas.
La propia Presidenta fue clara: existe una alianza entre la derecha internacional y la derecha mexicana que cree que la legitimidad puede importarse. Pero México no necesita tutores extranjeros ni certificados de autenticidad política expedidos desde Madrid, Miami o Washington.
Y el debate no es abstracto. Tiene un caso concreto: Chihuahua.
La Presidenta Claudia Sheinbaum fue categórica: no puede haber agentes extranjeros operando en campo en territorio nacional fuera del marco constitucional y legal. La cooperación internacional existe, sí. México comparte información, coordina esfuerzos y mantiene comunicación institucional con otros gobiernos. Pero una cosa es cooperar y otra muy distinta permitir operaciones unilaterales de agencias extranjeras en suelo mexicano.
Ahí está la frontera.
Porque si una agencia extranjera —sea la CIA, la DEA o cualquier otra— interviene en México sin autorización federal, sin coordinación institucional y fuera de los cauces previstos por la ley, no estamos frente a cooperación: estamos frente a injerencia.
Y cuando actores políticos nacionales justifican, celebran o incluso promueven ese tipo de intervención, dejan de actuar como oposición democrática para convertirse en facilitadores de intereses externos.
Eso no fortalece a México. Lo debilita.
Eso no protege la soberanía. La erosiona.
Eso no es patriotismo. Es entreguismo.
Por eso la Presidenta colocó el debate en su dimensión histórica durante la conmemoración del 5 de Mayo. Recordó que México no solo ha resistido invasiones extranjeras; también ha enfrentado “las traiciones internas de quienes, desde el conservadurismo, han apostado por someter al pueblo y entregar a la patria.”
La frase no es retórica. Es memoria histórica.
Y vino acompañada de una advertencia que retrata con precisión el momento político actual: “Quienes buscan el apoyo externo por no tener apoyo popular en nuestro país están destinados a la derrota.”
Ese es el fondo del debate.
Criticar al gobierno es legítimo. Competir electoralmente es legítimo. Denunciar actos de corrupción o exigir justicia es legítimo. Lo que cruza una línea histórica y moral es pedir intervención extranjera, celebrar presiones externas o abrir la puerta a que intereses ajenos pretendan influir en decisiones que corresponden exclusivamente al pueblo de México y a sus instituciones.
México no es colonia.
México no es protectorado.
México no es patio trasero.
Y ninguna potencia extranjera va a decidir cómo deben gobernarse las y los mexicanos.
Como recordó la Presidenta: nada puede estar por encima de la soberanía y de los intereses del pueblo de México.
La patria no se entrega.
La patria no se negocia.
La patria se defiende.
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